miércoles, 14 de abril de 2010

DOMINGO -III- DE PASCUA -C-

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 27b—32. 40b—41
Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo:
—«¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»
Pedro y los apóstoles replicaron:
—«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.
Palabra de Dios.

REFLEXIÓN

“IMPOSIBLE AGUANTAR EN SILENCIO LO QUE LLENA LA VIDA”

La experiencia que los apóstoles han vivido es algo que los ha transformado, algo que está por encima de cualquier otra cosa o interés humano y, por tanto, no pueden evitar el dar testimonio de algo que los llena.
Se les ha prohibido formalmente que vuelvan a hablar de Jesús, pero ¿Cómo hacer esto? ¿Cómo callar y esconder algo que es superior a ellos, algo que los ha iluminado por entero?
“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, es decir: la verdad es tan grande y tan fuerte, que el callarla sería como querer tapar el sol y, por eso, a la pregunta que les hacen, vuelven a lanzar de nuevo una proclamación de esta verdad que los invade: “A quien vosotros matasteis colgándolo de un madero, Dios lo ha resucitado… y nosotros, junto con el Espíritu Santo somos testigos de todo esto”; es algo que no se puede evitar.
La iglesia hoy, y cada uno de los creyentes en Jesús, el gran problema que nos invade es que tenemos muy pocas experiencias de encuentro con Jesús que nos hayan cambiado, Cristo no se enganchó en nuestras vidas, estamos más bien enganchados en otras cosas, no estamos enamorados de Él, entonces: si no hemos vivido, ¿de qué podemos ser testigos?; se es testigo de algo que hemos experimentado en nuestra vida; si es que no hemos vivido y no hemos sido tocados por esa experiencia , difícilmente nos vamos a jugar la vida por una idea, por algo que me han contado, algo que no ha pasado de la piel.


Salmo responsorial Sal 29, 2 y 4. 5 y 6. 11 y 12a y 13b (R.: 2a)

R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. R.
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío,
te daré gracias por siempre. R.
R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.


SEGUNDA LECTURA

Lectura del libro del Apocalipsis 5, 11—14
Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza

Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente:
«Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.»
Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar —todo lo que hay en ellos—, que decían:
«Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»
Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.»
Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.
Palabra de Dios.

REFLEXIÓN
“CRISTO LO HACE TODO NUEVO”

Juan ha vivido al lado de Jesús y desde esa experiencia, ahora ha tenido una visión plena de la grandeza de todo lo que Cristo les habló y ha traído: el reino, que es la respuesta al deseo y a la necesidad de felicidad a la que aspira el hombre. Ha es cuchado la aceptación de todos y el reconocimiento de Jesucristo como triunfador sobre la muerte.
La vida del hombre es sagrada y no puede estar a la deriva, sin esperanza, cerrada en sus propias limitaciones; Cristo ha cargado con todas nuestras limitaciones y nos ha abierto a toda nuestra grandeza; esto, solo puede hacerlo Él. Cristo ha puesto al universo en sintonía con Dios, de ahora en adelante, vivir nuestra propia grandeza es ponernos en sintonía con Él. Lo contrario, es ubicarnos en la onda de la muerte y, sintonizar solo con el dolor, la opresión, la discordia, la corrupción y la muerte.

Aleluya
Ha resucitado Cristo,
que creó todas las cosas
y se compadeció del género humano.

EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1—19
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
—«Me voy a pescar.»
Ellos contestan:
—«Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
—«Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron:
—«No.»
Él les dice:
—«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
—«Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:
—«Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
—«Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque
sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después
de resucitar de entre los muertos.
Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:
—«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?»
Él le contestó:
—«Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice:
—«Apacienta mis corderos.»
Por segunda vez le pregunta:
—«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?»
Él le contesta:
—«Sí, Señor, tú sabes que te quiero.»
Él le dice:
—«Pastorea mis ovejas.»
Por tercera vez le pregunta:
—«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?»
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería
y le contestó:
—«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.»
Jesús le dice:
—«Apacienta mis ovejas.
Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde
querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y
te llevará adonde no quieras.»
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
Dicho esto, añadió: —«Sígueme.»
Palabra del Señor.


O bien más breve:

U Lectura del santo evangelio según san Juan 21, 1—14
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
—«Me voy a pescar.»
Ellos contestan:
—«Vamos también nosotros contigo.»
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
—«Muchachos, ¿tenéis pescado?»
Ellos contestaron:
—«No.»
Él les dice:
—«Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»
La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
—«Es el Señor.»
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.
Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:
—«Traed de los peces que acabáis de coger.»
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
—«Vamos, almorzad.»
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor.


REFLEXIÓN

“CRISTO ILUMINA Y LLENA DE SENTIDO LA VIDA”

Los apóstoles siguen todavía con esquemas humanos, no han dado entrada todavía a la dimensión nueva de Jesucristo resucitado, no lo han puesto en el centro de sus vidas y, por tanto, no saben descubrirlo, no lo conocen; necesitan signos muy fuertes y evidentes para reconocer su presencia; signos que rompan su rutina, que se salgan de lo establecido: A Pedro se le ocurre ir a pescar y los demás se van con él, no responden a ninguna llamada, simplemente es una iniciativa privada sin perspectivas; pasan toda la noche en el mar, de acuerdo a sus saberes de pescadores y no han pescado nada.
Es interesante que el evangelista ponga el acento en que es de noche y la oscuridad es la ausencia de Jesús, Él es la luz. Sin Él andan a la deriva, no cogen nada; sigue el evangelista diciendo: “Estaba ya amaneciendo”, es decir: el momento en que se hace presente, lo reconocen y aparece la luz, les invita a echar la red y, aunque consideran –según sus esquemas- que es una perdida de tiempo y de esfuerzo, responden a su llamada y Jesús sobrepasa todas sus expectativas.
La confirmación de esta experiencia desestabilizadora la ven confirmada en el siguiente gesto: los espera en la playa con unos peces y pan para compartirlos.
Cuando están comiendo, Jesús vuelve a retomar lo que va a ser clave en la vida y en la marcha de la iglesia: EL AMOR de cada uno de los que lo sigan será lo que le capacite y lo recalca en Pedro: no le pregunta si se siente capaz, si tiene miedo, cómo se siente… le pregunta si lo quiere, y esto lo va a capacitar para que dirija el rebaño.
Su amor a Jesús lo va a convertir en eje y signo de unidad dentro del grupo. Y no va a ocurrir esto porque él se lo haya ganado o se lo merezca por su comportamiento, o por su bondad, más bien ocurre todo lo contrario: ha caído y ha fallado. Es el mismo Cristo quien lo hace por su voluntad y muy a pesar de sus debilidades, indicando con ello que va a ser Él quien lo sostenga, lo único que lo mantendrá será el amor como respuesta al que Cristo le tiene.
De la misma manera, esto será norma para todo el grupo, pues sin Jesús los apóstoles no podrán hacer nada, ya lo han comprobado “Habían pasado toda la noche bregando y no habían pescado nada”
En nombre de Jesús cambian todas las cosas: en su nombre echaron la red y “no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces” grandes y pequeños, buenos y malos… y la red no se rompe por muchos que tenga, pero es la red del AMOR que lo supera todo y es en ella donde se dan las respuestas.
Quizás sea éste uno de los planteamientos más importante que debiera hacerse la iglesia en los momentos en que vivimos: no se trata de que hagamos y organicemos tantas cosas en las que andamos perdidos sin tiempo para escucharnos, para atendernos, para sentirnos al lado los unos de los otros… para amarnos. Pienso que hemos montado una estructura enorme en donde todo se procura por todos los medios que se mantenga todo en orden para que aparezca muy bonito, pero luego, a la hora de la verdad, todos nos sentimos solos, agobiados, distantes… faenando en la oscuridad, pues no sabemos a dónde va a parar todo ni qué sentido tiene.
Quizás en nuestras comunidades hay demasiados cosas, demasiados escritos, demasiados delegados, demasiada burocracia, demasiadas reuniones: pasamos la vida reunidos, pero cada vez estamos más separados y falta lo principal: la vida, la cercanía, el cariño… el estar enamorados de Jesús y hablar con alegría de Él, de manera que quien se encuentre con nosotros perciba la presencia de Cristo que es quien llena de paz y de sentido la vida.