martes, 9 de febrero de 2010

DOMINGO -VI- DEL T. ORDINARIO -C-

PRIMERA LECTURA

Lectura del libro de Jeremías 17, 5‑8
Maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en el Señor

Así dice el Señor:
“Maldito quien confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor. Será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.
Palabra de Dios.


REFLEXIÓN

“DISCERNIR EN LA VIDA”

El profeta Jeremías, utilizando el típico esquema antiguo para identificar dónde está la maldición y dónde se encuentra la bendición, primero plantea el tema en sentido negativo indicando dónde está la maldición del hombre, que termina con la desdicha y la muerte: poner la confianza y la esperanza en los hombres, que funcionan bajo la fuerza de sus instintos: la soberbia, la avaricia, la violencia, la envidia…y a su vez se apoyan en ellos mismos, como único referente de verdad, es el mayor de los fracasos, pues éstos personas que funcionan así son como cardos borriqueros que queman y esterilizan todo lo que hay a su alrededor y establecen la muerte: todo el que se acerca a ellos sale herido; esta es la peor de las suertes que le puede caer a cualquiera: en el momento menos pensado te traicionan y te matan.
En cambio, el hombre bueno se apoya en Dios y se clava en Él como el árbol que está plantado junto a la acequia de la que bebe el agua de la vida: el amor, la paz, la alegría, el bien… ese hombre se convierte en cobijo, en apoyo para todo el que se le acerca y en todo momento pueden contar con él, en tiempos de dificultad se le puede encontrar y, sus frutos siempre serán de paz y de amor,; en tiempos de paz será siempre fuente de alegría y de esperanza para todos.


Salmo responsorial Sal 1, 1‑2. 3. 4 y 6 (R.: Sal 39, 5a)

R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R.
R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Será como un árbol plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R.
R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R.
R. Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.


SEGUNDA LECTURA


Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 15, 12. 16‑20
Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido

Hermanos:
Si anunciamos que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que dice alguno de vosotros que los muertos no resucitan?
Si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y, si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís con vuestros pecados; y los que murieron con Cristo se han perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados.
¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.
Palabra de Dios.


REFLEXIÓN

LA PIEDRA ANGULAR DE LA FE Y LA ESPERANZA”

La resurrección de Jesús es el fundamento de nuestra fe y la base de nuestra esperanza; Pablo tiene esto como el principio fundamental de todo y para él, es algo tan evidente como su propia existencia, por esta verdad, él está dispuesto a dar su vida como testimonio; es algo de lo que no puede dudar: Pablo ha encontrado a Jesús vivo, que ha vencido a la muerte: dos cosas reales e inapelables y esto se convierte en su gran experiencia, en la realidad y en la prueba más fuerte que da seguridad a todo creyente.
Esta realidad está por encima de cualquier otra cosa o expectativa humana y afianza la esperanza del cristiano. El cristiano que sabe esto, asegura su fe y pierde el miedo a todo: la muerte, que es lo último que le puede ocurrir a la persona, ha perdido toda su fuerza, pues la resurrección está por encima de ella y por encima mismo de la vida física o material, por lo tanto, lo último y lo peor que le podría ocurrir a una persona que es la muerte, habría perdido toda su fuerza, porque para el cristiano, es justamente el momento del triunfo.
Sin embargo, esto que es la base y el fundamento de nuestra fe, nos deja perplejos cuando vemos cómo no hemos sido capaces de superar el sentido trágico y derrotista y lo vivimos exactamente como los que no creen en nada y han perdido toda esperanza de resurrección.
Esta situación que describo es cuestión de constatarla en cualquiera de los entierros que se celebran en la gran mayoría de las iglesias: cualquiera que no sea creyente y vea el espectáculo, sacaría una imagen tremendamente triste: se reúnen para cumplir un expediente social, mucha gente, incluso, se queda fuera del templo, esperando que termine la Eucaristía para pasar después a dar el pésame a la familia, pero no es ni mucho menos el momento en que acompañamos a un amigo o a un ser querido a la subida al “podium” del triunfo, al final de la carrera, reconociendo y agradeciéndole todo lo bueno que ha hecho, y presentándolo a Dios Padre para que le premie por todo el esfuerzo que hizo y el amor que le echó a la vida.


Aleluya Lc 6, 23ab
Alegraos y saltad de gozo -dice el Señor-, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.


EVANGELIO
Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 17. 20‑26
Dichosos los pobres; ¡ay de vosotros, los ricos!

En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:
“Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo.
¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre.
¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.”
Palabra del Señor.



REFLEXIÓN

“LAS CLAUSULAS DE LA NUEVA ALIANZA”

S. Lucas, al estilo de Jeremías, presenta la bendición y la maldición contraponiéndolas: pone las cuatro bendiciones o bienaventuranzas en contraposición a las cuatro maldiciones o malaventuranzas;
A diferencia de S. Mateo, reduce las ocho bienaventuranzas de Mateo a cuatro, pero colocándole a cada una su maldición; según parece, este esquema es el más parecido a lo que pudo ser en su origen, pues ésta era la forma más común de presentar las cosas.
De todas formas, al leer uno y otro evangelista es curioso ver cómo cada uno hace una relectura del discurso de Jesús, adaptándolo a su comunidad, pero guardando una fidelidad total al mensaje que expresa Jesús. Cada evangelista ha cogido el núcleo del mensaje de Jesús y lo ha transmitido sin traicionar la verdad, y más bien acentuando aquello que la comunidad está necesitando.
Si nos damos cuenta, lo mismo que ocurre con los mandamientos de la ley que se dan en el Sinaí, que pueden reducirse a uno: el AMOR a Dios y a los semejantes, en este nuevo código de la nueva Alianza, las ocho o las cuatro bienaventuranzas que da Jesús, quedan perfectamente expresadas en una: “Bienaventurado el pobre” que se pone en las manos de Dios y confía en Él, pues será el hombre libre, misericordioso, constructor de la paz y la justicia, con un corazón limpio y abierto para acoger el reino y ponerse a disposición de él.
Pero yo, al leer esto no puedo aguantarme el hacer hoy mi lectura y aplicar tanto la bendición como la maldición a muchos momentos, actitudes, situaciones… que constantemente vamos creando y que estamos siendo causa de tanto dolor para tanta gente, pues estoy absolutamente seguro que hoy, Cristo hubiera expresado sus bienaventuranzas, ampliándolas a tanta gente que, escondida, ha sido capaz de entregar su vida y gastársela sirviendo a los demás, sin que nadie haya sido capaz de reconocerle ni agradecerle nada; tantas mujeres que no saben el gusto que tienen unos días de vacaciones, porque su vida entera estuvo al servicio de sus padres y de sus suegros y, cuando éstos murieron, se quedaron al servicio de sus hijos criando los nietos y, de su rostro, jamás se les borró la sonrisa… y dejo ahí la lista. Pero no quiero olvidar que al lado de estas “bienaventuranzas” también habría algún “¡Ay!” que nos caería de lleno a muchos de nosotros por haber dado lugar a tanto dolor reprimido y a tantas lágrimas derramadas en silencio.